viernes, 23 de julio de 2010

2010.07.23
Por seguir sin entender a qué juegan nuestros representantes políticos y como simple “pagador de impuestos” quiero manifestar en el día de hoy que ya comienzo a estar harto de que se nos tome como disminuidos psíquicos o simplemente como otra especie más, irracional.
Es verdad que un 95% de la población española echamos “sapos y culabras” por la boca, pues el 20.5% de paro, el incremento de la delincuencia, la inseguridad jurídica y la corrupción -llevada a las más altas cotas- nos están sacando de nuestras casillas. Pero, a pesar de todo, lo que más nos duele, lo que más nos joroba, lo que más hiel produce en nuestro organismo es... ¡la mentira!.
Todavía resuenan en mis oídos aquello de “España no se merece un Gobierno que le mienta”.
El pueblo gallego salimos de un muy grave problema que teníamos, deshaciéndonos de aquel bipartito, donde los signos suntuosos y el derroche fueron la constante ejecutoria. Y nos animamos a votar por el Partido Popular, porque el aspirante a San Caetano -a parte de ser joven y de tener (aparentemente) las ideas claras- nos prometió cosas muy importantes. Y entre ellas, la de anular la ley de sucesiones (como hizo doña Esperanza Aguirre en Madrid, por ser ésta injusta y equivalente a un “derecho de pernada”) y la modificación inmediata del sistema de Normalización Lingüística, donde los padres podríamos elegir en cual de los dos idiomas queríamos que estudiasen nuestros hijos.
Pues bien. He ahí otra muestra más de que nuestros políticos, sean del signo que sean, mienten con el mayor descaro y se quedan tan tranquilos.
Pero no se preocupen ustedes que a partir del próximo dos de septiembre, los “palmeros” y los desesperados y los “don nadie”, correan tras ellos y acudirán a los mítines con la esperanza de que a ningún representante del pueblo le crecerá la nariz, como le sucedió a Pinocho.
Y les veremos -después de cuatro años- en las calles, estrechando la mano del pueblo, besando a los infantes y a los adolescentes... como si en verdad hubiesen hecho algo por ellos. Pero la tozuda realidad nos va mostrando, año tras año y caso tras caso, que todo depende de las siglas empresariales que están tras ellos y que luchan por la obtención de más y más contratos o más y más recalificaciones... a cambio de embellecer los resultados bancarios e individuales.
¿Será bueno cambiar en nuestra ciudad un gobierno que lleva ya los mismos años (o poco le falta) para igualar al régimen de Francisco Franco Bahamonde?...
Piénselo... o sigamos siendo unos “muertos en pie”.
Luis de Miranda

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