jueves, 24 de junio de 2010

2010.06.24
Desde hace no sé cuantos años, en nuestra meiga Galicia, mantenemos la tradición de la noche mas mágica, alegre y corta que se pueda soñar. Y como nuestros estómagos, por la cultura heredada, están abiertos a todo acontecimiento que lleve consigo la degustación de tal o cual manjar, los costeños, los descendientes de grandes y valerosos hombres de la mar, nos inclinamos por los dones marítimos. Y en este caso concreto, por la reina y sabrosa sardina. Porque la sardina es un pescado azul o graso que posee casi 10 gramos de grasa por cada 100 gramos de carne y es muy buena fuente de omega-3. Este pez teleósteo puede llegar a medir un máximo de 20 centímetros y vive en la mar formando en general grandes bancos. Y no sólo eso, sino que se consume, por ser muy apreciado, fresco, salado y en aceite. De ahí que haya sido y sea un nutriente para las familias más desfavorecidas. Y si algo tiene en contra es que al asarlas o freírlas desprenden un olor fuerte y poco agradable para la gran mayoría de los humanos. Fuera de esa incomodidad, su carne debe acompañarse de un buen pan de borona o, para quienes vivimos en torno a La Coruña, de pan de Carral. Y para ayudarnos en la digestión, la rociamos con cualquiera de los vinos enxebres... pero, especialmente, de tintos de las cepas próximas al río Mandeo.
En fin, que a partir de las diez de la tarde-noche de ayer, en todos los rincones gallegos -mientras los más jóvenes prepararon las hogueras- los menos jóvenes comenzaron a avivar el carbón vegetal de las parrillas, donde la grasa de la sardina fue alimentando las brasas que tostaron y saciaron, después, nuestras ansias de prosperidad.
Y una vez repletos los estómagos, nos dedicamos a presenciar las llamas de las hogueras: las que saltamos siete veces para que la diosa “buena suerte” no nos abandone durante el próximo año y las malvadas “meigas” se pulvericen en el fuego eterno.
Conclusión, que nuestros jóvenes siguen todavía en los brazos de Morfeo. Por esa razón hoy no escucharán la inconfundible voz de nuestra compañera Paula Otero, ni la edición de este programa estuvo a cargo de David; ya que ambos gozan -porque se lo merecen- de un día de asueto... dejándonos a José Antonio Olcina y a un servidor de ustedes “castigados”: castigo que cumplimos con una sonrisa y con la sana envidia de haber perdido nuestra propia juventud.
Ojalá que los dioses nos aparten, de una vez para siempre, del pesado lastre que está generando la pérdida de puestos de trabajo y, por añadidura, del futuro de mas de cinco millones de compatriotas.
Luis de Miranda

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