viernes, 12 de marzo de 2010

2010.03.12
Es increíble a qué velocidad pasan las semanas y, por tanto, a que velocidad vamos añadiendo –los afortunados- años y mas años a nuestra casi monótona vida. Y digo los afortunados, porque otros nos van dejando para siempre: bien, por ley de vida o por una grave enfermedad. Pero lo triste es que, por imprudencia o por creerse los “reyes de la ruta” y por no respetar las normas de tráfico, dejaron su futuro sobre el asfalto, cuando todavía no habían cumplido ese “contrato temporal” fijado por las leyes de la Naturaleza.
Nosotros, los componentes de Radio Social Atlántico de La Coruña, por la cercanía que tenemos con las Unidades de Minusválidos, conocemos las sangrantes estadísticas de los parapléjicos y tetrapléjicos que genera España, por accidentes laborales y de carretera –amen, de los que genera el terrorismo-: nada más y nada menos que dos, cada tres días.
Dicha estadística es escalofriante, debido a que un alto porcentaje del mundo laboral incumplen sus trabajadores con las normas de seguridad existente. Esto por un lado. Y por la otra parte, y por mucho que insistamos los medios de comunicación en ello, reconozco que no somos capaces de mentalizar a los malos conductores de que respeten las normas de tráfico, que no jueguen con la vida propia y con las de sus ocupantes, porque hay dos consecuencias reales: o la muerte o la posibilidad de engrosar la lista de parapléjicos.
Por favor, seamos responsables. En un recorrido de cien kilómetros, lo máximo que pueden ganar en tiempo los “locos del volante” son un máximo de cinco o seis minutos. Y yo me pregunto, ¿vale la pena arriesgar el futuro de unas vidas por cinco o seis minutos de diferencia?. Sinceramente, creo que no. Y no sólo eso, sino que podemos destrozar el futuro de unas familias que han confiado en la persona que se puso ante el volante.
Así que antes de colocarnos al frente de un vehículo, reflexionamos sobre la gran responsabilidad que hemos adquirido al sentar en el coche a unos buenos amigos o a nuestros propios familiares.
Ojalá que algún día nuestro ruego sea escuchado. La esperanza no la perderá jamás.
Luis de Miranda.

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