jueves, 18 de marzo de 2010

2010.03.18
Los que ya no tenemos la fortuna de contar con la presencia física y psíquica de nuestro padre (entre los que me incluyo) envidiamos a los que mañana tengan la inmensa dicha de abrazar a su padre y de demostrarle lo mucho que se le quiere y se le debe. Porque, en líneas generales, ha sido él -y nuestra madre, también- los que hicieron posible que nosotros hubiésemos llegado hasta aquí.
Si bien es cierto que cada uno en su tiempo se sacrificó y luchó por sacarnos adelante con la indiscutible e impagable ayuda de nuestra madre; lo cierto es que no es comparable el sacrificio de nuestros padres (me estoy refiriendo a los de mi generación), ya que aquellos y nosotros mismos sufrimos en nuestras propias carnes una cruenta guerra civil y una post-guerra, todavía mas dolorosa que la propia guerra. Al fin y al cabo, si de algo positivo tuvo la guerra del 36 al 39 del siglo pasado es que una simple bomba acababa con la vida de los afortunados en fracciones de segundo; mientras que la post-guerra fue acabando con las vidas de compañeros de colegio, por estar presente el HAMBRE con mayúsculas. Y créanme que no es lo mismo morir aplastado por una bomba o por fusilamiento –en ambas orillas- que morir por falta de alimentos... o por ingerir alimentos en pésimo estado.
Con el paso de los años, quienes hemos sobrevivido al HAMBRE, entre 1936 y 1946, adivinamos y supimos de los enormes sacrificios que tuvieron que soportar padres y madres de entonces.
Con esto no quiero negar los méritos que alcanzan los padres de ahora –que sí lo tienen- pero no es comparable. De ahí que los “niños de la guerra” recordemos con mucha mas añoranza y respeto a los padres, en general.
Por eso quiero enviar, desde aquí, mi abrazo mas emotivo y sincero a todos los padres del mundo. Y me gustaría –si es que puede ser- que en mi nombre les den un fuerte abrazo a todos ellos, sin olvidar darles las gracias por cuanto amor nos han regalado... a cambio de nada.
¡Ah!. No quisiera terminar este comentario sin recordarles a quienes mañana –día del Padre- pueden felicitar a su progenitor, que les perdonen sus cambios de humor, provocados –la mayor parte de las veces- por el deterioro de los años de preocupaciones y trabajo. Porque esos mismos cambios, si el Destino así lo quiere, los soportarán sus hijos en un mañana mas o menos cercano.
Luis de Miranda.

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