martes, 9 de febrero de 2010

2010.02.09
Cuando me siento delante del ordenador y me pongo a analizar los hechos mas recientes que deseo comentar para todos ustedes, siempre me surge la duda si debo o no despertar la curiosidad de mis radioyentes y también de aquellos que me conceden el honor de leer mi blog, en Internet. Y es que al no conocer con exactitud las ideologías de unos y otros, corro el riesgo de herir susceptibilidades que no quiero dañar, bajo ningún concepto. Porque mis grandes maestros -aunque ya no estén entre nosotros- no me lo perdonarían.
Partiendo de esta tesis, observarán que nunca dejo de tratar con el respeto que me han inculcado mis antecesores a los que cumplen con las normas de convivencia y el acatamiento de nuestra Constitución les obliga. Y al mismo tiempo, mientras los tribunales morales y los tribunales que defienden los derechos básicos de las leyes en vigencia, no digan lo contrario, seguiré evitando calificativos que no me son autorizados. Y si en algún momento me dejé llevar por la lógica y por el derecho a discernir sobre aquello que por mi formación moral y ética no hallo adecuado, no ha sido con el afán de desprestigiar al individuo, como tal, sino a su responsabilidad adquirida.
Si un responsable, sea del signo político, social o religioso que sea, incumple o falta a las leyes y comete un delito de prevaricación o de abuso de poder o de traición, todo ciudadano tiene la obligación de denunciar tal o tales hechos ante los tribunales competentes. Y si por simple ideología o fanatismo defendemos al irresponsable, pasaríamos a ser tan irresponsables como él. Porque lo que no debemos confundir es fanatismo con lealtad. La lealtad es una virtud que honra a quien la practica. Y de hecho, de bien nacido es ser agradecido... siempre y cuando el defendido sea meritorio a esa distinción. Lo que no podemos ser es leales a quien no cumple con las leyes. El delincuente, por hábito y/o por desprecio hacia la sociedad, no se merece otra cosa que la de ser juzgado por quienes tienen la potestad de hacerlo.
Resumiendo. Hasta el presente creo que si he censurado malos comportamientos, lo hice como simple notario de la información; jamás, como juez, ya que carezco de tal potestad. De hecho poseo informaciones que, hasta que no sea autorizado a revelarlas, jamás saldrán del archivo de mi memoria. ¿Por qué?... Porque habemos periodistas (muy pocos, por cierto) que, aún perdiendo un gran titular, sabemos respetar el compromiso dado al confesado. Y por mantener esa línea moral somos respetados por una gran parte de la sociedad.
En cuanto a los que no nos respetan e intentan cerrarnos las puertas de la libertad, ¿qué quieren que les diga?... Que no dejan de ser unos impresentables y unos inadaptados a una sociedad liberal.
En una palabra, que caminan por el sendero de los denominamos “chulos de barrio”. Nada que valga la pena.
Luis de Miranda

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